Nombres que mueven, nombres que paralizan

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Mi hija Marina tiene un año y medio y está aprendiendo sus primeras palabras. Uno de sus juegos favoritos es descubrir los nombres de todo lo que ve en sus cuentos. Generalmente se detiene en un par de páginas unos minutos y me señala, uno a uno, los dibujos que más le llaman la atención. Entonces yo le digo el nombre que tienen esos objetos representados y ella repite la rueda una y otra vez, señalando mientras escucha atenta las palabras, absorbiendo gradualmente un lenguaje que en el momento menos pensado acabará saliendo de su boca para regocijo y consiguiente babeo de sus padres, esto es, servidor y su pareja Anna.

Poner nombre al mundo que nos rodea, pasarlo por el tamiz del lenguaje, es darle un sentido que podemos compartir. Cuando somos niños, ese nombrar es especialmente pasional (en cierto modo, descubrimos el mundo al ritmo de las palabras). Entre los adultos, sólo algunas personas conservan esa suerte de pasión infantil por el lenguaje. Supongo que filólogos y escritores están entre ellos.

Supongo también que los namers nos contamos entre esas personas. En nuestro día a día ponemos nombre a las marcas para ayudarlas a construir una identidad fuerte, memorable, atractiva y congruente con el mundo de valores y el target al que desean estar asociadas. Construimos píldoras de lenguaje que buscan mover a la acción al consumidor en un cierto sentido.

No obstante, resulta curioso pensar en ese “sustantivar transformador” del namer cuando, en otros ámbitos de la vida, dar nombre a la realidad puede provocar el efecto contrario: en vez de movernos a la acción, el nombrar puede servirnos para “fijar” situaciones que son susceptibles de ser cambiadas (y que muchas veces nos convendría cambiar).

Disciplinas como la PNL (Programación neurolingüística) o el Coaching nos muestran como, muy a menudo, en nuestro hablar cotidiano, usamos “nominalizaciones”, esto es, nombres en vez de verbos para describir fases de vida en las que nos hayamos inmersos, despojándolas de su naturaleza dinámica y transformándolas de forma inconsciente en algo estático y aparentemente inmutable.

No es lo mismo, por ejemplo, decir que “tengo una gran frustración” que decir “me siento frustrado cada vez que un cliente rechaza una de mis propuestas”, o manifestar que “mi trabajo es de gran responsabilidad” que decir “en este momento soy el responsable de que tres proyectos lleguen a buen término”.

En ambos casos, la primera de las opciones es una abstracción genérica absoluta en que usamos nombres (“frustración” y “responsabilidad”), para fijar una realidad sin darle opción de cambio. Las segundas articulaciones, formuladas desde el verbo, son dinámicas, concretas y por tanto nos aportan pistas sobre los motivos específicos que hacen que nos sintamos de determinado modo.

Mediante técnicas como el Metamodelo de Lenguaje, la PNL o el Coaching desentrañan esas trampas lingüísticas en las que caemos. Aclaran significados, identifican limitaciones y abren opciones al cambio. El quid es transformar el suceso de nuevo en proceso para ponerlo de nuevo en marcha y darle una salida.

La neurofilosofía y la neurociencia han demostrado que el lenguaje no sólo sirve para dar sentido al mundo sino que también es una herramienta generadora y transformadora de realidad. Los namers somos conscientes de ello. Poniendo nombres, construimos “píldoras lingüísticas de cambio” para la vida de los consumidores y las marcas. Amamos y creemos en los nombres, pero al analizar nuestra manera de expresarnos cotidianamente podemos, por qué no, redescubrir la potencia generadora del verbo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *