Nombrar con los cinco sentidos

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Sabe mal, pero algunas palabras tienen los días contados. En el patíbulo lexicológico esperan su turno, resignadas, niqui, tomavistas, jopé, descocada, dandi, cuchipanda, macanudo, tronco y cáspita. Cabizbajas, comparten cigarrillos sin parar porque pertenecen a un mundo en vía de extinción en el que fumar era lo normal. Un poco más atrás, haciéndose la loca por si cuela y evitando fumar para reivindicar su actualidad (la condenada defiende que es moderna porque aún está ligada a una tecnología y un oficio vigentes) está aviador. Pero no colará. De la selección natural lingüística no te salva ni Scorsese. El Box Office es un aval demasiado efímero. Y aviador finalmente tendrá que aceptar que, como sus compañeras de patíbulo, es una palabra moribunda.

Sí: las palabras la palman. Es ley de vida. Muchas mueren porque las cosas a las que representan desaparecen del mundo. Como los guateques o las enaguas. Otras simplemente porque pasan de moda y dejan de aparecer en los medios (¿alguien, aparte de Jesús Vázquez, se acuerda de “Hablando se entiende la basca”?). Hay términos que languidecen al verse substituidos por el típico anglicismo traicionero, que cuando aparece por estas latitudes se las lleva a todas de calle porque lo guiri siempre nos parecerá más trendy o más fashion. Y también están esos vocablos que, demasiado anclados en la mentalidad de la época del fumar, acaban siendo relevados por palabras políticamente más correctas (aunque hay un movimiento de resistencia que aún no ha conseguido ser derrotado. Por eso Baltasar sigue siendo para muchos el rey negro).

Ahora bien: aparte de esos resistentes, que no dejan de ser moribundos con una especie de “late check out”, en el mundo de las palabras existen verdaderos supervivientes. Son mutantes que hacen buena la máxima darwinista de que la adaptación es el secreto de la longevidad. Son términos maleables, poliédricos, navajas suizas lingüísticas que, como aquel Keyser Söze de “Sospechosos habituales” (quien por cierto se escondía tras el muy adecuado nombre de Verbal Kint) se lo montan siempre para salir indemnes de cualquier fregado y seguir perpetuando su leyenda.

Es el caso de la palabra azafata, que llegó en el siglo VIII con los árabes (el azafate moruno era una bandeja de borde corto), se recicló en el siglo XVIII convirtiéndose en apelativo para el personal cortesano al servicio de la reina (el que se encargaba de servirle sus vestidos y alhajas en un azafate) y que más tarde, cuando lo palaciego ya no daba trabajo, acabó colándose hábilmente en sectores como los del transporte, la televisión o las ferias y congresos (hoy las azafatas o los azafatos ya no necesitan cargar con la dichosa bandeja. Son, básicamente, “personas que atienden”).

 ¿Qué factores pueden afectar a esa especie de darwinismo lingüístico?

La ventaja sensorial

Buscando responder a esa pregunta, Jonah Berger, profesor de marketing de la Wharton School de la Universidad de Pennsylvania y Ezgi Akpinar, profesora de la VU University de Amsterdam, han analizado una base informática de 5 millones de libros de autores anglosajones de los últimos 200 años, desde Shakespeare hasta Jane Austen.

Su objetivo: medir la popularidad de miles de palabras y frases en el tiempo. Y su conclusión, publicada en un artículo reciente del Journal of Personality and Social Psychology, es que los términos que están relacionados con los sentidos de una manera metafórica (es el caso de adjetivos como brillante, que usamos para referirnos a una idea o persona inteligente) tienen más éxito cultural que algunos de sus equivalentes semánticos (versado, instruido, lúcido, agudo).

Las metáforas sensoriales sobreviven básicamente porque nos resultan más fáciles de recordar (hasta un 50% más según algunos estudios) y porque ayudan a expresar conceptos abstractos asociándolos a experiencias corporales que todos hemos vivido.

Por eso frío es un adjetivo mucho más útil socialmente que flemático o apático, y amargo se comparte más que sus sinónimos hiriente o aflictivo. Por eso la palabra cool es la gran superviviente del inglés: inicialmente asociada a la temperatura, en el siglo XVI empieza a usarse para referirse a un estado de ánimo de calma y compostura. Hacia finales del XVIII empieza a usarse como sinónimo de estilo o modernidad. Y hoy en día debe ser una de las voces inglesas más usadas ya que se ha convertido en una especie de guay universal y multiusos que hasta los no angloparlantes conocen y utilizan de vez en cuando.

Y debe ser por eso, quizás, por lo que en el español de la calle un adjetivo como rallante (que nos transporta metafóricamente a un mundo visual y auditivo muy potente) está viviendo días de gloria frente a los tradicionales pelma o molesto.

Quién sabe. Está claro que no es lo mismo el mundo de los nombres (más susceptible al cambio social) que el de los adjetivos, que describen la experiencia humana del mundo y quizás por eso vengan de serie con más números de perdurar.

Pero tener en cuenta que el lenguaje es moldeado constantemente por una selección cultural y valorar los factores pueden influir en ello puede ser algo muy útil para los que nos dedicamos al naming.

  • Por una parte, es necesario que pongamos nuestra atención en las claves de la longevidad lingüística: nos interesa que nuestros nombres perduren y para ello podríamos considerar, por qué no, que los nombres con atributos metafóricos sensoriales puedan llegar a ser más memorables. Así, tener la oreja puesta en el lenguaje de la calle y nombrar “con los cinco sentidos bien abiertos” puede ayudarnos mucho.
  • Por otra, merece la pena tener en cuenta que algunas palabras moribundas poseen un gran poder evocador que nos permite conectar emocionalmente con ciertos targets. Dejarnos caer por el patíbulo lexicológico de vez en cuando (con un paquete de cigarrillos como gentileza) es un sano hábito que nunca deberíamos perder.

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