La madurez de las palabras

Hay palabras que parecen surgir de la nada para acompañarnos en el fragor de la actualidad rabiosa, denominadores de futuro incierto y sin más pasado que aquello a lo que parecen referirse. Y que sin embargo engañan.

No hace mucho descubrí el término “infobesidad” en un artículo sobre el papel del periodismo en la era de Internet. La palabra hace referencia a la sobrecarga informativa de nuestros tiempos. La tomé por un neologismo, algo así como una variación de la palabra “infoxicación”, que sirve para hablar más o menos de lo mismo y que muchos creemos que  también ha nacido anteayer, a raíz del auge de Internet y las redes sociales. Y por eso me sorprendió mucho enterarme poco después de que  “infobesidad” es un término que acuñó en 1970 el escritor Alvin Toffler en su novela “Future Shock”. Y también que la trendy “infoxicación” es una palabra con más historia de lo que aparenta: fue usada por primera vez por el especialista en información Alfons Cornella en 1996, nueve años antes de que Facebook empezara a funcionar.

Curiosa trayectoria la de la “infobesidad”: es toda una superviviente que, tras más de cuarenta años de vida, aparece para muchos como algo nuevo y que según quién (servidor, por ejemplo) mete en el saco de “los imitadores de la infoxicación”, una palabra que de hecho es más joven. Un vocablo que parece haber estado escondido en un rincón, esperando pacientemente su oportunidad, mientras que otros términos, que parecían destinados a pervivir por su alusión a tecnologías que llegaban para quedarse se extinguían por el camino….¿Qué ha sido por ejemplo de la célebre “autopista de la información”?

¿Por qué unos neologismos sobreviven y otros no? Según explica el profesor del departamento de Psicología de la Universidad de Harvard y especialista en lenguaje y cognición Steven Pinker  en su libro “El mundo de las palabras”, no hay ninguna ley escrita al respecto aunque un par de cosas parecen claras:

– Buscar la razón del triunfo de un término nuevo pensando en clave de etimología tradicional no es siempre útil. Por ejemplo, la palabra “Spam” no responde a las siglas “Short, Pointless, and Annoying Messages” como para algunos parecía evidente sino que en el contexto anglosajón, la palabra es una abreviación de “Spiced Ham”, un tipo de fiambre de cerdo bastante común. ¿Cómo llegó a convertirse en lo que es hoy en día? Primero, a través de la metáfora: igual que el fiambre de cerdo, el e-mail es barato, abundante y trivial. Segundo, gracias a este sketch de Monty Python:

Por raro que parezca, la ocurrencia de Monty Python inspiró a los piratas informáticos de finales de los 80, que  adoptaron el término “Spam” como verbo para referirse a la práctica de bombardear newsgroups con mensajes idénticos. Cómo en diez años una palabra nacida de un modo tan curioso consigue salir de su ghetto hacker y extenderse a toda la población es aún hoy un misterio.

– Llenar un vacío léxico no asegura el éxito. La lengua inglesa ofrece multitud de ejemplos curiosos de términos que han pretendido denominar realidades u objetos innombrados y que no han sobrevivido, como por ejemplo “teledildonics” (teleconsolador, juguetes sexuales controlados por ordenador), “dooced“ (participio del verbo “to dooce” y que significa ser despedido del trabajo por algo que uno ha colgado en un blog, una palabra acuñada por una diseñadora que perdió el empleo por colocar un anuncio en su blog www.dooce.com), “deshopping” (comprar algo con la intención de usarlo una única vez y devolverlo después para recuperar el dinero) o, siguiendo en el supermercado, “purpitation” (coger algo de un lineal, decidir que no vamos a comprarlo y dejarlo en otra sección). Ni siquiera los profesionales del naming pueden asegurar siempre el éxito de un neologismo: en el año 2000, el artista conceptual Miltos Manetas encargó a Lexicon Branding (agencia creadora de marcas como Pentium o Celeron) la búsqueda de un término que designara específicamente a la estética de alta tecnología y a los géneros artísticos de base tecnológica como el videoarte o la animación digital. De la lista propuesta por Lexicon, Manetas escogió “Neen”, que en griego significa “ahora”. Más de una década después, el término tan sólo ha conseguido sobrevivir como denominador de un cierto movimiento artístico contra el copyright y, si buscas en Internet, los resultados de la primera página te dicen que “Neen” es…Un árbol con propiedades medicinales.

¿Por qué se frustran muchos de los neologismos? Según Steven Pinker, porque términos como “egosurfing” o “greenwashing” surgen para denominar determinadas modas sociales incluyendo una valoración implícita o, lo que es lo mismo, en realidad no nacen para nombrar sino para “comentar algo que está pasando” y que a menudo no afecta a toda la sociedad ni perdura lo suficiente en el tiempo. Sin embargo, tanto “egosurfing” como “greenwashing” son términos que llevan ya más de veinte años entre nosotros…

Entonces…¿Son neologismos? ¿No lo son? ¿Cuánto tiempo debe pasar para que una palabra alcance la madurez? O más bien…¿Cuándo nace en realidad un vocablo? ¿Era la “infobesidad” un neologismo en 1970, cuando un individuo la usó por primera vez, o en realidad lo es ahora, cuando ya es cuarentona pero empieza a ser difundida por los medios y usada por la comunidad?  (¡Esperamos vuestras aportaciones!)

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