Famosos y maestros del naming (1ª parte)

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Planeta Tierra, siglo XXI. La personalidad de los humanos se ha desdoblado en múltiples cuentas digitales y perfiles sociales. Parece que todos necesitamos más buzones de correo que los mismísimos Reyes Magos. Más passwords que el portátil de Bárcenas. Más nicknames que Jason Bourne de servicio. Sí, amigos: es el momento de estrujarse el cerebro para poner nombre a todos nuestros álter egos digitales y en eso tenemos mucho que aprender de los famosos, que históricamente han practicado el naming más que el resto de la población. Veamos por qué:

  • Los famosos viven con nombre falso. Mira tú por donde, nuestros padres acostumbran a ser modestos en sus creaciones de naming y no nos suelen poner nombres de famoso. Es cómo si al nacer nos vieran y se dijeran “vaya, este no va a llegar a ser gran cosa”. Por eso, para hacerse famoso, lo primero que hay que hacer es cambiarse la identidad.

Las celebrities practican el auto-renaming desde hace lustros. Así, en el Renacimiento, un tal Domenico Theotocopuli se apiadó del respetable y decidió ponérnoslo a todos más fácil llamándose simplemente “El Greco”. Otro célebre renacentista, Botticelli, se llamaba en realidad Alessandro di Mariano Filipeli, un nombre estupendo que a él le gustaba pero que al firmar no le cabía en los cuadros.

Ya en 1933, un tal Eric Arthur Blair se convirtió en George Orwell, escritor que pasó a la historia por obras como “Rebelión en la granja” o “1984”. El proceso de creación de su nickname literario demuestra lo pensados que están algunos seudónimos. Según parece, el tipo barajó otros nombres como Kenneth Miles o H. Lewis Allways, pero optó por el de George Orwell porque expresaba mejor su patriotismo (Jorge es el santo patrón de Inglaterra y Jorge V era el rey de la época) y su amor por la campiña británica (parece ser que el río Orwell es un lugar que muchos ingleses veneran, como los hindúes al Ganges, aunque sin llegar a tirar sus muertos al agua, costumbre que los británicos consideran poco adecuada, sobre todo en época de regatas). Aparte, al amigo Blair le pareció que un apellido que empezara con la letra O posicionaría mejor sus libros en los estantes de las librerías, aunque yo esta táctica de SEO offline y vintage aún no he logrado entenderla, la verdad.

Otros mutantes célebres son Woody Allen (Allen Stewart Konigsberg), Bob Dylan (Robert Zimmerman), Shakira (Isabel Mebarak Ripoll), Lagy Gaga (Stefani Joanne Angelina Germanotta) King Africa (Alan Duffy), George Michael (Georgios Kryiacos Panaiotou), Bono (Paul David Hewson) o Lana del Rey (Elizabeth Woolridge Grant).

  • Los famosos necesitan ponerles nombres molones a sus hijos (para hacerse tatuajes molones). Pues claro, hombre. ¿Para qué va a tatuarse uno “María Dolores”, “Fulgencio” o “Carlitos” pudiéndose decorar el body con ocurrencias como “Tu Morrow” (la hija del actor Rob Morrow, un chachondo),  “Apple” (la niña de Gwyneth Paltrow, obsesa de la alimentación hasta para esto de los nombres),
”Kal-El” (el peque de Nicolas Cage, que aún no sabe si se llama así en honor a Superman o simplemente porque papá se había aficionado a la música Raï), “Maddox”, “Zahara”, “Pax Thien”, “Shiloh”, “Vivien Marcheline” y “Knox Leon” (la prole de Brad Pitt y Angelina Jolie, que parece que se hayan comido un yogurcito con peyote antes de ponerse con el tema del nombre de las criaturas), o “Akela” (este es de Sánchez Dragó, homenajeando al “Libro de la selva“ o quizás experimentando con el mestizaje vasco-nipón).
  En fin: un tatuaje es para toda la vida, y no va a pintarse uno los brazos con lo primero que se le ocurra, ¿no?

¿Qué os parece? ¿Creéis que hay motivos suficientes para considerar que las celebrities y el noble arte del naming tienen mucho que ver? A nosotros se nos ocurren un par de razones más, pero las dejamos para un próximo post. ¡Os esperamos!

photo credit: Antimidia via photopin cc

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