El naming, tierra de descubridores

creación de nombresFue verlo en el expositor de la librería y enamorarme de él a primera vista, por el gusto exquisito de su diseño y por todo lo que el título me evocó al instante: Atlas de islas remotas. Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré. No pude resistirme a comprarlo, como parece ser que le ha sucedido a mucha gente antes que a mí porque, según la encargada de la librería, el éxito del libro ha sorprendido incluso a los propios editores. La autora, Judith Schalansky, nos lleva de viaje a redescubrir un buen puñado de las islas más remotas y solitarias del mundo: ¡la Isla Pedro I en la Antártida ha sido pisada por menos personas que la Luna! De ellas nos explica historias, cuando se avistaron o descubrieron por primera vez, a qué distancia se encuentran del continente, nos las ilustra con preciosos mapas y, por supuesto, nos habla de sus nombres y del papel como nombradores de quienes las descubrieron:

“Antiguamente los navegantes eran alabados por sus descubrimientos y entendidos así como poderosos creadores; los trataban no solo como si hubiesen descubierto nuevos mundos, sino como si ellos mismos los hubiesen forjado. Los nombres desempeñan un papel muy importante en este momento creativo, parece como si al nombrar un lugar se le dotara de existencia. Por medio del bautizo se sella un vínculo inseparable entre descubridor y tierra descubierta, y estas islas, supuestamente sin dueños, pasan a pertenecer de modo legítimo a aquellos que las avistara de lejos, les dan nombre o habitan en ellas durante una temporada”.

Y entre esos nombres encontramos los de Tikopia, Floreana, Fangataufa o Tromelin, que aunque por su sonoridad pueden evocarnos el paraíso muchas veces esconden el infierno en forma de historias pretéritas de asesinatos, violaciones, éxodos forzados, ensayos nucleares y otras penalidades. También podemos imaginar claramente lo que debieron sentir quienes, desesperados por el hambre y la sed, pusieron pie por primera vez en la isla Decepción para llamarla así. O asistimos al ejercicio de renaming con fines turísticos de la isla Más a Tierra a la que se rebautizó como isla Robinsón Crusoe. Y comprendo que el nombre de Thule para una isla situada en el fin del mundo no es gratuito porque en la antigua geografía “Última Thule” designaba cualquier lugar situado más allá de las fronteras del mundo conocido. Y es verdad que a veces los nombres no son muy originales, pero responden a una lógica aplastante, así una isla descubierta un 25 de diciembre solo podía llamarse Navidad, o si una pequeña isla tienes siete colinas su nombre tenía que reflejarlo, Semisopochnoi, literalmente “siete colinas” en ruso. Tampoco es de extrañar que el capitán holandés Anthoine van Diemen  bautizara como Ámsterdam la isla sin nombre con la que se encontró. Ni tampoco que las islas Keeling del Sur lleven el nombre de su descubridor, el capitán William Keeling, o que el nombre de las islas Pribilof remita al navegante ruso Gavriil Loginovich Pribylov.

En definitiva, si os gusta la geografía, la aventura o todavía sois viajeros románticos, estoy seguro que el libro os entusiamará. Y a los que os dedicáis al naming también os lo recomiendo porque junto al placer de tenerlo entre las manos, leerlo y releerlo os puede servir como fuente de inspiración para vuestras creaciones.

@Thinkcopy

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