Archivo por categoría: Tipología de nombres

Naming funcional: Cuando el gris puede ser sexy

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Todos queremos encontrar un nombre sexy para nuestro negocio. Concentrar en un término todo el potencial seductor de lo lingüístico y diferenciarnos con un apelativo único, preferentemente inventado, evocativo o experiencial. Macizorro. Cualquier cosa, pero que se aleje al máximo del nombre descriptivo, el más gris de los nombres grises, que no nos pone nada.

Por eso nos contratan a los creativos. A nosotros, generalmente, tampoco nos pone lo descriptivo.

Según el manual que ofrece en su página web la agencia de naming Igor:

“Los nombres funcionales-descriptivos de compañía tienen el problema de que sólo tienen la función de explicarle al mundo el negocio en el que estás. Es una opción innecesaria y contraproducente”.

No sólo eso sino que:

“La noción de describir el negocio en el nombre asume que los nombres de las compañías existen sin soporte contextual, lo cual es imposible. Los nombres de las compañías aparecen en webs, escaparates, prensa, tarjetas de visita, anuncios y, en su forma más desnuda, en conversaciones. No hay modo de que los nombres de compañías aparezcan sin soporte contextual/explicativo, lo que significa que son libres de realizar tareas mucho más productivas”. Leer más

Naming pasado de revoluciones

Un nombre de marca no sólo comunica a través de su contenido semántico, es decir los significados que se derivan del nombre o evocan en cada uno de nosotros, sino que también es capaz de comunicar por su sonoridad o su simbolismo sonoro, por su construcción y, aunque igual no nos lo hayamos planteado nunca, incluso la longitud del nombre puede decir mucho de lo que representa.

Por eso cuando llegó a mis oídos que el nuevo Suzuki Celerio empezaba a rodar, mi cerebro y mi experiencia nombrística lo imaginó como una berlina de gran tamaño o cilindrada, capaz de alcanzar los 180 km/h en un plis plas. Pero cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que la imagen proyectada por el nombre nada tenía que ver con lo que realmente era, pues por lo que he leído el Celerio es un vehículo urbano que te permite alcanzar los 120 km/h en autopistas sin ahogar el motor.

¡Qué nombre más poco oportuno! Y aquí os voy a dar mis tres razones:

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El naming lo pone fácil

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En un entorno de consumo cada vez más complejo y confuso la simplicidad es un valor en alza. En el mundo del marketing y del branding, también. Las marcas que triunfan son aquellas que tienen la simplicidad como núcleo esencial en su manera de relacionarse con sus consumidores o sus clientes; las que, en definitiva, contribuyen a hacer nuestra vida más fácil. La simplicidad es sinónimo de claridad, inspira confianza, favorece la toma de decisiones y genera fidelidad. El naming no es ajeno a ello porque también puede servir para reducir la complejidad y hacernos la vida menos complicada.

Nombres que facilitan el proceso de decisión de compra

Las marcas de éxito se caracterizan por simplificar y agilizar nuestro proceso de decisión de compra, es decir, nos ahorran tiempo. Uno de los principios que se suele tener en cuenta a la hora de valorar la bondad de un nombre de marca es su simplicidad. Se acepta que un nombre simple, corto, de significado concreto, semánticamente transparente y con una pronunciación intuitiva es más memorable y fácil de usar que uno que no cumple estas condiciones. Sin duda, Arjowiggins o Schwarzkopf nos lo ponen más difícil que Duracell o Vodafone. Leer más

¡Al diablo con el naming!

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Cuenta una leyenda belga del siglo XIII que Gambrinus, un joven vidriero con el corazón roto por una tal Flandrine, iba directo a quitarse la vida cuando el diablo se le apareció en el bosque para proponerle un pacto. Si Gambrinus le cedía su alma, él le otorgaría un don irresistible para conseguir el amor de su amada. Por si fuera poco y como garantía, el diablo ofreció al joven un segundo trato: si el asunto salía mal, le revelaría la fórmula de una poción que le haría olvidar aquel desengaño para siempre. Este segundo acuerdo fue una profecía autocumplida: aunque el diablo convirtió a Gambrinus en un músico y bailarín fantástico, la tal Flandrine ni era melómana ni solía fijarse en los tipos que iban por ahí moviendo el esqueleto. Pasó olímpicamente de Gambrinus, y el príncipe de las tinieblas, con el rabo entre las piernas, tuvo que cumplir su segunda promesa. Así fue como instruyó a joven en el arte de fabricar una espumosa bebida a base de cebada, levadura y lúpulo. Y Gambrinus, tibio de aquel brebaje fascinante que ya no pudo dejar de producir, olvidó para siempre a la inexpugnable Flandrine y se convirtió en pionero y rey de la cerveza.

Gambrinus, el nombre de aquel tipo que vendió su alma al diablo a cambio de unas cañas, ha acabado asociado irremediablemente al universo cervecero: a finales del siglo XIX Barcelona contaba con un par de cervecerías que se llamaban así y que funcionaban como punto de encuentro de la colonia alemana en la ciudad. Hoy, aparte de ser una de las marca de cervezas pilsen checas más conocidas, Gambrinus es el nombre de la red de franquicias de Cruzcampo que, desde 1926, cuenta además con la imagen del personaje de leyenda como símbolo de marca.

Que el relato asociado al icono de la cerveza tenga al diablo entre sus protagonistas puede que no sea casual. Se trata de un arquetipo con una fuerte carga simbólica que forma parte de nuestro inconsciente colectivo. Hablamos ni más ni menos que del señor del infierno, espacio de transgresión por excelencia reservado a aquellos que deciden caminar por el lado salvaje y no seguir las reglas. Y la cerveza, como otras bebidas alcohólicas, es en algunas ocasiones un producto asociado a esos momentos de relax en los que nos damos permiso para sacar a la luz nuestra parte oculta. Leer más

Naming sobre ruedas

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Tal vez uno de los sectores económicos donde el naming de los productos tiene mayor repercusión por su notoriedad es en el de la automoción. Del 4 al 19 de octubre está celebrándose el Salón de l’Automobile de París, una de las citas más importantes del mundo del motor.

Junto a los nombres de modelos históricos o plenamente consolidados en el mercado, en este salón encontramos nuevas denominaciones que en su conjunto constituyen un resumen de las diferentes tipologías de nombres. Según su semántica: descriptivos (Dacia Sandero Black Touch), asociativos (VW Golf Alltrack, Citroën C1 Urban Ride, Seat León X-Perience), evocativos (Jeep Renegade, Nissan Pulsar, Aston Martin Vantage), abstractos (Renault Eolab), de origen toponímico (Aston Martin Lagonda) o patronímico (Citroën DS3 Ines de la Fressange, Opel Karl). O según su morfología: simples, compuestos, numéricos, alfanuméricos.

Mención aparte merecen los nombres de los prototipos o concept cars, nomenclaturas de laboratorio que podríamos calificar de efímeras porque a menudo su denominación no será la que finalmente designe el coche que se producirá en serie. Cuando se trata de prototipos, muchas marcas añaden el descriptor concept al nombre del modelo (BMW x5 eDrive Concept, Mitsubishi Outlander Concept-S, Honda Civic Type R Concept II, Audi TT Sportback Concept); otras veces los bautizan con nombres que denotan claramente que se trata de automóviles conceptuales (Ssang Young XIV, Lamborghini Asterion LPI 910-4); algunas, en cambio, apuestan por denominaciones más sugerentes (Citroën DS Divine, Citroën Airflow, Peugeot Exalt, Peugeot Quartz).
En definitiva, en este escaparate único donde admirar las últimas realizaciones de las grandes marcas, muchos visitantes pueden descubrir nombres de nuevos modelos y empezar a utilizarlos, pronunciarlos, recordarlos o, al menos, intentarlo (Bugatti Veyron 16.4 Grand Sport Vitesse “Ettore Bugatti”).

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