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Acerca de Manel Alcalde

Copy y comunicador freelance. Creativo de nombres de marca. Aprendedor compulsivo y bloguero en Nionnioff. / Redactor i comunicador freelance. Creatiu de noms de marca. Aprenent compulsiu i bloguer a Nionnioff.

Naming funcional: Cuando el gris puede ser sexy

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Todos queremos encontrar un nombre sexy para nuestro negocio. Concentrar en un término todo el potencial seductor de lo lingüístico y diferenciarnos con un apelativo único, preferentemente inventado, evocativo o experiencial. Macizorro. Cualquier cosa, pero que se aleje al máximo del nombre descriptivo, el más gris de los nombres grises, que no nos pone nada.

Por eso nos contratan a los creativos. A nosotros, generalmente, tampoco nos pone lo descriptivo.

Según el manual que ofrece en su página web la agencia de naming Igor:

“Los nombres funcionales-descriptivos de compañía tienen el problema de que sólo tienen la función de explicarle al mundo el negocio en el que estás. Es una opción innecesaria y contraproducente”.

No sólo eso sino que:

“La noción de describir el negocio en el nombre asume que los nombres de las compañías existen sin soporte contextual, lo cual es imposible. Los nombres de las compañías aparecen en webs, escaparates, prensa, tarjetas de visita, anuncios y, en su forma más desnuda, en conversaciones. No hay modo de que los nombres de compañías aparezcan sin soporte contextual/explicativo, lo que significa que son libres de realizar tareas mucho más productivas”. Leer más

Nombrar con los cinco sentidos

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Sabe mal, pero algunas palabras tienen los días contados. En el patíbulo lexicológico esperan su turno, resignadas, niqui, tomavistas, jopé, descocada, dandi, cuchipanda, macanudo, tronco y cáspita. Cabizbajas, comparten cigarrillos sin parar porque pertenecen a un mundo en vía de extinción en el que fumar era lo normal. Un poco más atrás, haciéndose la loca por si cuela y evitando fumar para reivindicar su actualidad (la condenada defiende que es moderna porque aún está ligada a una tecnología y un oficio vigentes) está aviador. Pero no colará. De la selección natural lingüística no te salva ni Scorsese. El Box Office es un aval demasiado efímero. Y aviador finalmente tendrá que aceptar que, como sus compañeras de patíbulo, es una palabra moribunda.

Sí: las palabras la palman. Es ley de vida. Muchas mueren porque las cosas a las que representan desaparecen del mundo. Como los guateques o las enaguas. Otras simplemente porque pasan de moda y dejan de aparecer en los medios (¿alguien, aparte de Jesús Vázquez, se acuerda de “Hablando se entiende la basca”?). Hay términos que languidecen al verse substituidos por el típico anglicismo traicionero, que cuando aparece por estas latitudes se las lleva a todas de calle porque lo guiri siempre nos parecerá más trendy o más fashion. Y también están esos vocablos que, demasiado anclados en la mentalidad de la época del fumar, acaban siendo relevados por palabras políticamente más correctas (aunque hay un movimiento de resistencia que aún no ha conseguido ser derrotado. Por eso Baltasar sigue siendo para muchos el rey negro). Leer más

Nombres que mueven, nombres que paralizan

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Mi hija Marina tiene un año y medio y está aprendiendo sus primeras palabras. Uno de sus juegos favoritos es descubrir los nombres de todo lo que ve en sus cuentos. Generalmente se detiene en un par de páginas unos minutos y me señala, uno a uno, los dibujos que más le llaman la atención. Entonces yo le digo el nombre que tienen esos objetos representados y ella repite la rueda una y otra vez, señalando mientras escucha atenta las palabras, absorbiendo gradualmente un lenguaje que en el momento menos pensado acabará saliendo de su boca para regocijo y consiguiente babeo de sus padres, esto es, servidor y su pareja Anna.

Poner nombre al mundo que nos rodea, pasarlo por el tamiz del lenguaje, es darle un sentido que podemos compartir. Cuando somos niños, ese nombrar es especialmente pasional (en cierto modo, descubrimos el mundo al ritmo de las palabras). Entre los adultos, sólo algunas personas conservan esa suerte de pasión infantil por el lenguaje. Supongo que filólogos y escritores están entre ellos.

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¡Al diablo con el naming!

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Cuenta una leyenda belga del siglo XIII que Gambrinus, un joven vidriero con el corazón roto por una tal Flandrine, iba directo a quitarse la vida cuando el diablo se le apareció en el bosque para proponerle un pacto. Si Gambrinus le cedía su alma, él le otorgaría un don irresistible para conseguir el amor de su amada. Por si fuera poco y como garantía, el diablo ofreció al joven un segundo trato: si el asunto salía mal, le revelaría la fórmula de una poción que le haría olvidar aquel desengaño para siempre. Este segundo acuerdo fue una profecía autocumplida: aunque el diablo convirtió a Gambrinus en un músico y bailarín fantástico, la tal Flandrine ni era melómana ni solía fijarse en los tipos que iban por ahí moviendo el esqueleto. Pasó olímpicamente de Gambrinus, y el príncipe de las tinieblas, con el rabo entre las piernas, tuvo que cumplir su segunda promesa. Así fue como instruyó a joven en el arte de fabricar una espumosa bebida a base de cebada, levadura y lúpulo. Y Gambrinus, tibio de aquel brebaje fascinante que ya no pudo dejar de producir, olvidó para siempre a la inexpugnable Flandrine y se convirtió en pionero y rey de la cerveza.

Gambrinus, el nombre de aquel tipo que vendió su alma al diablo a cambio de unas cañas, ha acabado asociado irremediablemente al universo cervecero: a finales del siglo XIX Barcelona contaba con un par de cervecerías que se llamaban así y que funcionaban como punto de encuentro de la colonia alemana en la ciudad. Hoy, aparte de ser una de las marca de cervezas pilsen checas más conocidas, Gambrinus es el nombre de la red de franquicias de Cruzcampo que, desde 1926, cuenta además con la imagen del personaje de leyenda como símbolo de marca.

Que el relato asociado al icono de la cerveza tenga al diablo entre sus protagonistas puede que no sea casual. Se trata de un arquetipo con una fuerte carga simbólica que forma parte de nuestro inconsciente colectivo. Hablamos ni más ni menos que del señor del infierno, espacio de transgresión por excelencia reservado a aquellos que deciden caminar por el lado salvaje y no seguir las reglas. Y la cerveza, como otras bebidas alcohólicas, es en algunas ocasiones un producto asociado a esos momentos de relax en los que nos damos permiso para sacar a la luz nuestra parte oculta. Leer más

Crear, copiar

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Dice Daniel Goleman en su libro El espíritu creativo que “si procuras encontrar el espíritu creativo en algún sitio exterior a ti, estás buscando en el lugar equivocado”. En el mundo del naming, y en concreto en el ámbito de las startups tecnológicas, se ha vivido en los últimos años una especie de fenómeno de creatividad gregaria que ha hecho aparecer por doquier compañías que incluyen en sus nombres los sufijos “-ly” y “-ify”. Esta estrategia de “marketing copión”, aunque parece contravenir el consejo de Goleman y en cierto modo también el sentido común, es habitual. Algunas marcas debutantes, en vez de hacer un examen interno en busca de aquello que puede hacerlas únicas, prefieren buscar su identidad en el exterior, posicionándose justo al ladito de su competencia mediante nombres clónicos que como máximo sugieren un “yo también soy así de innovador, cercano y moderno”. Como resultado, en su búsqueda de un nombre memorable y cargado de significado, muchas compañías creativas acaban poniéndose nombres no creativos, lo que les da una pátina muy maja pero las retrata en lo esencial y las condena al olvido. Para los que estáis en Pinterest, recomiendo este tablero creado por la namer Nancy Friedman alrededor de este fenómeno. Leer más

La ciencia del “momento eureka”

creación de nombresA lo largo de la historia se han explicado multitud de historias de “epifanías creativas” en las que, de repente, alguien que anda atascado tratando de resolver una gran cuestión encuentra la iluminación en el suceso cotidiano más tonto y cambia la historia así, casi sin despeinarse.

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