¡Al diablo con el naming!

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Cuenta una leyenda belga del siglo XIII que Gambrinus, un joven vidriero con el corazón roto por una tal Flandrine, iba directo a quitarse la vida cuando el diablo se le apareció en el bosque para proponerle un pacto. Si Gambrinus le cedía su alma, él le otorgaría un don irresistible para conseguir el amor de su amada. Por si fuera poco y como garantía, el diablo ofreció al joven un segundo trato: si el asunto salía mal, le revelaría la fórmula de una poción que le haría olvidar aquel desengaño para siempre. Este segundo acuerdo fue una profecía autocumplida: aunque el diablo convirtió a Gambrinus en un músico y bailarín fantástico, la tal Flandrine ni era melómana ni solía fijarse en los tipos que iban por ahí moviendo el esqueleto. Pasó olímpicamente de Gambrinus, y el príncipe de las tinieblas, con el rabo entre las piernas, tuvo que cumplir su segunda promesa. Así fue como instruyó a joven en el arte de fabricar una espumosa bebida a base de cebada, levadura y lúpulo. Y Gambrinus, tibio de aquel brebaje fascinante que ya no pudo dejar de producir, olvidó para siempre a la inexpugnable Flandrine y se convirtió en pionero y rey de la cerveza.

Gambrinus, el nombre de aquel tipo que vendió su alma al diablo a cambio de unas cañas, ha acabado asociado irremediablemente al universo cervecero: a finales del siglo XIX Barcelona contaba con un par de cervecerías que se llamaban así y que funcionaban como punto de encuentro de la colonia alemana en la ciudad. Hoy, aparte de ser una de las marca de cervezas pilsen checas más conocidas, Gambrinus es el nombre de la red de franquicias de Cruzcampo que, desde 1926, cuenta además con la imagen del personaje de leyenda como símbolo de marca.

Que el relato asociado al icono de la cerveza tenga al diablo entre sus protagonistas puede que no sea casual. Se trata de un arquetipo con una fuerte carga simbólica que forma parte de nuestro inconsciente colectivo. Hablamos ni más ni menos que del señor del infierno, espacio de transgresión por excelencia reservado a aquellos que deciden caminar por el lado salvaje y no seguir las reglas. Y la cerveza, como otras bebidas alcohólicas, es en algunas ocasiones un producto asociado a esos momentos de relax en los que nos damos permiso para sacar a la luz nuestra parte oculta.

En el naming cervecero podemos encontrar múltiples referencias al oscuro: Ale Satan, Lucifer, Satan Gold, Belzebuth, Inferno Ale, Diabolici, Satan Klaus, Dark Lord, La Démon, Diabólica, o Naked Satan son sólo algunos ejemplos. Se trata de apelativos que suelen mezclar lo experiencial con lo evocativo: a la vez que nos remiten a mundos de fuerza e intensidad (de color o de sabor), aluden cómo no a nuestra parte más canalla. Nos retan a probar algo fuerte, fuera de lo convencional.

En otros productos alcohólicos el binomio evocador-experiencial funciona del mismo modo. Así, encontramos vinos como “Behemoth”, “Démon de Parazols”, “Possession”, “Spanish Demon” y “Casillero del Diablo”, o tequilas como “Diablo” o “Sauza Inferno”. En los últimos años, otro tipo de bebidas, las energéticas, han canibalizado el imaginario de las alcohólicas, posicionándose como alternativa en el mismo contexto de consumo: brebajes como “Demon”, “Blue demon”, «Red devil” o “666” pretenden hacerte sentir igual de malote sin necesidad de consumir alcohol.

En cualquier caso, llama la atención que los nombradores no exploren nuevas vías teniendo en cuenta que la lista de opciones es interminable. Aparte de los genéricos demonio o diablo, o de los más comunes Satán, Lucifer o Belcebú, al maligno se le ha conocido también como Belial, Samael, Jaldabaoth, Behemoth, Azazel, Asmodeo, Metatrón, Luzbel, Abaddón, Mefistófeles, Damian, Leviatán, Fausto, Acatriel, Seth, Kalifax, Gaziel, Pedro Botero (Pere Porter en Cataluña), Barrabás…Por no hablar del vasto repertorio de diablillos secundarios, periféricos o regionales que puebla la mitología universal: Aamón, Abaddón, Abalám, Abdiel, Abducius, Abduxuel, Abrahel, Abraxas, Agagliareth, Agares, Agatión, Ascaroth o Astaroth, Azael, Azrael, Balaam, Bel, Baalcefón, Baphomet, Belphegor, Bentameleón, Caco, Cancerbero, Carnivean, Caronte, Dahaka, Dantalian, Éaco, Emma-O, Erlik, Estigia, Gadrel, Gamaliel, Golab, Hades, Herodías, Iblís, Íncubo…

En un campo con tal número de referentes, las marcas prefieren quedarse con los nombres de siempre. Quizás asumen que no necesitan apelativos distintivos para posicionar su cerveza. Que el lugar común nos hace gracia como el primer día porque apela a lo prohibido y a mitos fundacionales grabados en nuestro ADN. Que en última instancia, palabras como Satán o Lucifer son evocadoramente tan potentes que prácticamente se convierten en nombres funcionales para un producto. Que siempre nos hará gracia que nos reten a ser un poco diablos y ya está.

O quizás es que los nombradores, de vez en cuando, también sienten un deseo irrefrenable de transgredir y entonces, después de apagar las luces de la oficina antes de lo habitual, bajan las escaleras a toda prisa camino del bar de la esquina pensando en unas cañas y gritando: “¡Al diablo con el naming!”.

photo credit: Lucifer’s Shade via photopin (license)

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